David es un director de operaciones que siempre se ha preocupado por demostrar el impacto social positivo que su organización realiza en una comunidad en Malambo-Atlántico, norte colombiano. A menudo David y su equipo preguntan para los padres de familia que piensan sobre las clases y la forma de trabajar de su equipo. David lleva registros sobre cuántos niños y jóvenes asisten a sus actividades y se siente muy satisfecho porque la asistencia es alta y el numero de jóvenes interesados en los programas es cada vez mayor. 

Como la mayoría de líderes, David enfrenta el desafío de demostrar para los padres de familia, patrocinadores de su proyecto y comunidad en general, que su organización si tiene una relevancia social, que los recursos están siendo bien utilizados y que la visión de transformación social que un día creó se está materializando. 

En los programas sociales sin importar que estos pertenezcan a organizaciones sin fines de lucro, fundaciones empresariales o colectivos sociales, la medición del impacto social, es aún un territorio desconocido para muchos, donde se confunden números y porcentajes con la verdadera transformación de dinámicas de vida en las personas a las cuales dirigimos nuestros programas.  

Al igual que David, muchas organizaciones consideran que asistencia, número de inscritos y porcentajes de satisfacción hablan de impacto, y se pueden traducir en el cambio que estamos causando en la vida de las personas, pero ¿Será que el número de jóvenes que asisten a una capacitación es igual al número de jóvenes transformados por esta intervención?  

No necesariamente, muchos de estos jóvenes pueden asistir el curso entero sin ni siquiera tener un cambio cognitivo relevante que posteriormente los ayude a tener un cambio en sus hábitos de vida. Pero, ¿entonces como llegamos a saber la diferencia entre aquellos que si logramos impactar y aquellos que solo pasan por nuestras salas? 

Para comenzar a responder esta pregunta, creemos necesario hablar de la diferencia entre resultado e impacto, considerando que, el número de jóvenes que asisten a las capacitaciones en la organización que David lidera, es resultado, resultado, por ejemplo, de un buen proceso de diseño de programa social y específicamente de buenas prácticas de selección y atracción de los jóvenes.  

Cuando hablamos de resultados, consideremos los logros de corto y medio plazo, obtenidos por el esfuerzo de los equipos para el cumplimiento del compromiso social pactado en el diseño del programa. El resultado, nos demuestra que la cadena de valor está operando de forma positiva o negativa y en la mayoría de las veces nos deja obtener percepciones sobre el programa por parte de los actores interesados. 

Ya cuando hablamos de impacto es importante entender que es el cambio cognitivo y comportamental inducido por un programa social. Este cambio debe ser sostenido en el tiempo, aplicado a la vida cotidiana y en muchos casos extendido a grupos no involucrados directamente con el programa social. Impacto es la diferencia entre lo que pasó al implementar el programa y lo que hubiera pasado sin él. Y en el caso de los jóvenes que asisten a las capacitaciones de David Responde a la pregunta, “¿Cuánto del cambio observado en los jóvenes (si lo hubo) ocurrió debido al programa o la intervención?” 

Y aquí nos encontramos con la entrada a lo desconocido para muchos, ya que para llegar a este nivel de evaluación se necesitan diseños de investigación rigurosos.  Es una investigación compleja e intensiva que necesita de métodos como la selección aleatoria, grupos de control y de comparación y además un riguroso análisis de la información, tanto cualitativa como cuantitativa, todo esto con la finalidad de establecer vínculos causales, o relaciones, entre las actividades que se llevan a cabo y el impacto deseado. 

Por ejemplo, una evaluación del impacto del programa de educación de David debería partir de un buen diseño de la estrategia de medición del impacto social, donde posiblemente David y su equipo tendrán la oportunidad de crear hipótesis sobre el impacto que están causando y elegir la línea de trabajo de acuerdo a su cultura organizacional y a la dinámica del programa social. Posteriormente, crear indicadores e instrumentos acordes a los objetivos de evaluación y realizar una comparación de los datos con un grupo que no haya sido intervenido por David y su equipo, con el propósito de aislar otros factores que puedan haber influido en los cambios de los jóvenes.  

Vemos en la práctica que lo que más complica al momento de pensar en evaluación del impacto es que el proceso requiere experiencia y entrenamiento técnico.  Si la organización no cuenta con la capacitación internamente, se deben contar con asistencia de evaluadores externos que guíen el proceso y ayuden a mantener la neutralidad en el flujo de evaluación. 

Hace algunos años conocimos varios líderes que como David presentaban dificultades para enfrentar internamente la evaluación del impacto social, por no comprender el proceso y porque la contratación de evaluadores externos resultaba extremadamente costosa para las organizaciones. Fue en estos encuentros que nació nuestra metodología de evaluación del impacto social, la cual a partir del método científico y parámetros de Business Intelligence facilita el acompañamiento de los indicadores, con el principal propósito de simplificar el proceso y otorgar autonomía a las organizaciones para gestionar su proprio impacto, utilizándolo en la toma de decisiones estratégicas y construcción de capital social.  

Nuestro propósito en Cubo Social es facilitar que las organizaciones de impacto sean vistas como la mejor opción para inversión y desarrollo profesional con propósito, por eso vemos en la evaluación del impacto social un camino para que las organizaciones encuentren formas de potenciar su impacto, y así, impulsar el poder de transformación de américa latina.  

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